5 de enero de 2019

Navidad rima con casualidad

La Navidad es como una estantería de IKEA, sabes que aunque te lo montes muy bien al final el resultado es una mierda. Cualquiera que tenga la cabeza bien amueblada, entiende que el precario equilibrio del periodo navideño se puede romper con cualquier tornillo-cuñado que este torcido. Y es que según acumulamos experiencias, llenamos nuestras baldas con el peso y el paso de los años y los estantes de nuestro espíritu se comban.


Parece obligado ser feliz en esta época, pero estar de fiesta en invierno (al menos en el hemisferio norte) resulta imposible. En Ávila a -5 ºC es difícil celebrar estas fechas lo que hace aumentar la desilusión de la Navidad.

Cada año todo comienza antes, y es que ya por octubre las tiendas se llenan de turrones. Y las tempraneras luces de colores, falsas estrellas de Belén brillantes de contaminación lumínica nos impiden ver el cielo.

Y con su encendido comienzan estos días bestiales, temporada de caza al comprador compulsivo. Manipulados como figuras inmóviles en casas de cartón, con charcos helados de papel de aluminio, nieve de harina espolvoreada, pastores de turistas, y camellos pastilleros con reyes republicanos.

Antes el chupinazo era el 22 de diciembre, cuando comenzaban las vacaciones. El día de la lotería, ese impuesto para aquellos que no sabemos de matemáticas.

Y en esa jornada, ya es una tradición, de nuevo en las noticias veo a un gordo descorchando una botella de sidra en un bar lleno de gente. El bar cada año cambia, un escenario distinto, pero estoy seguro de que es la misma persona una vez y otra vez. El mismo personaje orondo, que siempre dice que tiene seis decimos premiados con los que tapará algunos agujeros. Debe ser por eso que llaman al sorteo, el gordo de navidad. Fijaros en su cara, es el mismo tipo rollizo sonriente. Y es que Navidad rima con casualidad, como turrón, polvorón y roscón riman con atracón.

Desde hace ya un tiempo tengo la sensación de que por estas fechas todo se repite. Como siempre, pasado mañana en la cena de Nochebuena yo seré el cuñado, el pesado que cuenta el origen del brindis. De por que chocamos las copas como símbolo de confianza, para así intercambiar nuestros venenos. Un festín pantagruélico donde litros de bilis serán necesarios para digerir toda la grasa, tan acostumbrados a cenar solo un yogur. En un indigesto menú palíndromo: Sapo con oca, lomo, lacón o copas.

Momento que recuerda a esas comilonas de animales sacrificados para no tener que darlos de comer durante el largo invierno. Únicos días donde se comía carne fresca.

Volveré a ver a mi hermano y en un dialogo entre besugos al horno, me dirá aquello a modo de post de Forocoches;

¡Cuanto tiempo silvestre, casi no reconejo!.
Aquí andamios.
Pero que me estas container.
No merece la pierna ponerse así.

Acabaremos jugando al bingo hasta al amanecer, con la banda sonora del abuelo roncando en el sillón orejero y con el triunfo de mi madre ludópata vaciándonos los bolsillos de la chatarra de los céntimos. Y todo para celebrar el triunfo de la luz sobre las tinieblas. Festejar la Saturnalia, la victoria del sol naciente frente a la oscuridad. Donde los días comienzan a ser mas largos y las noches más cortas.

Periodo de renovación de volver a empezar, de empezar para volver.

Y deseando que el niño vaya creciendo, como algún capillita diría para que en Semana Santa le crucifiquen.

Fin.




Sirva este relato que participa en el Concurso de #cuentosdeNavidad en Zenda para felicitaros el año nuevo. Mas de un año después vuelvo a escribir en mi blog que sigue en barbecho y es que estoy embarcado en el proyecto de escribir un libro de relatos que saldrá un año de estos.

Espero que os guste, lo dicho muy feliz año.

1 comentario:

cisnee dijo...

Aunque no te guste la Navidad, a mí la vuelta de Meridianos me ha alegrado la Noche de Reyes 😊