27 de julio de 2008

También Einstein era relativo

El sabio del siglo XX tuvo una vida personal llena de zonas oscuras. Dos nuevas biografías, aún inéditas, presentan a Einstein como un mujeriego que no supo mantener relaciones estables y sanas ni con sus mujeres ni con sus hijos, uno de ellos esquizofrénico.

1931 con Charles Chaplin, Hollywood.


En 1931, Charlie Chaplin invitó a Albert Einstein al estreno de la película Luces de la ciudad, con todo el glamour del Hollywood dorado. El genio, vestido de frac, acudió con su mujer, Elsa, y se quedó estupefacto cuando el público les dedicó una atronadora ovación al final de la película. Un poco desconcertado, Einstein susurró a Chaplin sobre qué significaban esos aplausos. “Nada”, respondió Charlot. “La gente me idolatra porque todo el mundo me comprende, y a ti te adoran porque casi nadie te entiende”.

El misterio acerca de este hombre de aspecto afable y melena blanca, que reinventó la forma de mirar el universo y su espacio-tiempo, aún perdura. Una leyenda urbana dice que los ojos de Einstein, extraídos después de su muerte (el 17 de abril de 1955), están conservados dentro de una caja de seguridad en un banco de Nueva York o de Nueva Jersey. Y el patólogo Thomas Stolz Harvey, que realizó su autopsia, se quedó su cerebro sin permiso guardándolo en dos jarras de cristal en su casa de Wichita, en Kansas, durante 23 años. Perdió su empleo, pero se hizo famoso. Los científicos han estudiado al milímetro estos pedazos, del tamaño de una chocolatina. No han encontrado ninguna fisiología excepcional que aclare por qué la mente de Einstein brilló como una supernova.


Un hombre brillante, pero sentimentalmente inestable, que escribía intensas cartas de amor a las que serían sus esposas, para tratarlas luego con dureza y desdén; que buscaba fogosamente la compañía femenina fuera del matrimonio; alguien que se afeitaba mal, de escasa higiene y pies sudorosos; que usaba la misma ropa cada día, roncaba alto y evitaba los barberos, obligando a su miope esposa Elsa a cortarle el pelo. A pesar de su reconocimiento internacional como pacifista, Einstein no veía con malos ojos la pena de muerte para individuos “sin valor o peligrosos”, aunque se oponía formalmente a ella por su desconfianza crónica en los seres humanos que la aplicaban ““lo que valoro en la vida es la calidad más que la cantidad”“. Defendía el aborto como derecho de la mujer y se oponía a la persecución de los homosexuales, excepto en los casos en que “sea necesario proteger a la gente joven”. Está el hecho, poco conocido, de que escribió incontables declaraciones juradas para ayudar a los inmigrantes judíos que escapaban del horror nazi a entrar en América, salvando probablemente cientos de vidas.




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