12 de diciembre de 2008

Dolor y risa, la tragedia de Fatty

Me cuesta un esfuerzo titánico aunque de resultado inútil recordar la última película en blanco y negro que he visto en televisión. Los lúcidos y pragmáticos estrategas del cotarro hace demasiado tiempo que declararon apestado a ese cine, responsable de las historias más hermosas que me han contado en imágenes. Incluso descartaron la posibilidad desdeñosa de ofrecerlo en horas pálidas de la madrugada, para consolar a insomnes, nostálgicos y zumbados, para rellenar esas horas muertas con un producto obsoleto.

Estoy hablando de películas sonoras. Plantear que las televisiones tendrían la obligación estética y moral de exhibir alguna vez cine mudo, de descubrirles a los niños y a la gente joven que nadie ha poseído en la historia del cine tanta gracia, profundidad, capacidad inventiva, imaginación visual, lirismo y genio en estado puro como Buster Keaton y Charles Chaplin; que la más conmovedora historia de amor, de culpa y de redención la filmó sin necesidad de palabras un individuo llamado Murnau en Amanecer, puede plantear alarmas sobre la salud mental del demandante o considerarle directamente como carne de frenopático.

Cualquier notario podría jurar que el tipo del bigote y del bombín y el determinista que jamás reía en la pantalla han provocado carcajadas en los críos de cualquier generación. Dudo que los niños actuales tengan el menor conocimiento de El maquinista de la General ni de La quimera del oro, a no ser que sus cuidadores pertenezcan a la cinefilia pura y dura. Y es trágico que el obsceno mercado les prive de algo tan gozoso, que los talentos más grandes, comerciales y populares que ha dado el cine sufran el olvido, que haya que rebuscar en el museo de la arqueología para que los niños sepan que existieron.

Si desconocer la obra de los anteriores supone una carencia intolerable, también tuvieron colegas que donaron risas y sensaciones de antaño y de los que ya sólo tenemos conciencia de que existieron por los datos de las enciclopedias. Hubo un hombre monstruosamente gordo y con rostro de bebé que llenaba los cines, no para reírse con él, sino para reírse de él. Fue el más famoso, el más rico; su elefantiasis, su aparente ingenuidad y sus milagrosas acrobacias poseían imán para los espectadores. Se llamaba Roscoe Arbuckle, pero todo dios se refería a él con el lógico apodo que él más odió desde niño: Fatty.

El dipsomaniaco irreparable, el yonqui rico y perseverante, el resignado a la humillación, el eterno y amargado impotente, el admirado pero nunca deseado, el bufón que siempre recibía las hostias, el hombre al que nunca le importó la oscuridad pero durante toda su vida tuvo miedo a estar solo, el brutalmente satanizado por algo que no cometió (aunque intentara reanimar a la desmoronada Virginia Rappe con algo tan explícitamente sexual como introducirle en el coño el cuello de una botella) encuentra en su biógrafo Jerry Stahl al más lúcido abogado de un patético diablo.


Y descubres lo fácil que le resulta al público transformar la idolatría en odio, lo bien que amortizaron los periódicos de Hearst con calumnias, medias verdades y sensacionalismo la tragedia de Fatty, el repulsivo protagonismo de la censura a través del Código Hays, la manipulación, el abandono y la mierda que echaron los magnates de la Paramount sobre su gran inversión en Fatty para evitar que el estigma perjudicara al negocio. Pero también la fidelidad de Buster Keaton y de la muy perdida Mabel Normand hacia el apestado.

Mack Sennett, el inventor de la Keystone, de las persecuciones y las tartas en la cara, descubridor de Fatty en el cine, le explicó una vez a su explotado protegido su teoría sobre la comedia: "Yo creo que una comedia es cuando tú te caes en una zanja y palmas. Tragedia es cuando a mí me sale un padrastro en un dedo. Todo se reduce a la naturaleza humana, Arbuckle. Es algo natural que a la gente le encante ver que lo malo empeora". Fatty lo aprendió tarde. Todo fue ruina y desolación después de que le acusaran. Que le declararan inocente sólo sirvió para prolongar su infierno terrenal.

REPORTAJE: DIOSES Y MONSTRUOS del gran Carlos Boyero

"Fatty" y Buster Keaton en Coney Island (1917):

2 comentarios:

JOAKO dijo...

Me encanta el cine mudo, en mi blog tengo unas cuantas entradas sobre cine mudo, y sobre sus estrellas.
¿sabias que esa extremada movilidad esta ayudada en parte porque se rodaba en 16 fotogramas por minuto y ahora se proyecta a 24 f/m?
De Fatty completé la historia con un documental en Biografi chanel, si tengo tele de cable, porque a mi me gusta la tele, y la buena cda vez más va ha haber que pagarla.
Un saludo fenix de los blogs

Andreas Ruiz Dubrovin dijo...

Genial! totalmente deacuerdo en todo menos en que fatty era buen cómico...eso lo pongo un poco más en duda.
Sobre lo de programar estas pelis en horario nocturno, genial, además que es q salen gratis...si tienen deudas es porque quieren y cuentan con nuestra docilidad como entes televisivos...
Yo también tengo cable, y aseguro q la calidad se ha ido al carajo, hasta ponen publicidad en forma de pequeños bloques en la parte inferior, imagínate estar viendo algo en versión original, una verguenza.
Pd: en el Satélite digital tampoco ponen pelis mudas...ni siquiera en el TCM...:-(
Un saludo y enhorabuena por el blog